Parece una ironía que el estilista Marco Antonio Gallego haya fallecido en las mismas circunstancias en que unos meses atrás, falleció un puertorriqueño amigo suyo. Dicen que Marco quedó muy afectado por la manera salvaje en que asesinaron a Roberto Izquierdo, sin embargo, esa desgracia no lo ayudó a intuir que tres meses después, él correría la misma suerte.Desde su abrupta desaparición, hasta la fecha, se ha tejido una serie de elucubraciones sobre su vida: que era un pervertido, un mafioso, un acomplejado, un inescrupuloso, que toda su fortuna se la debía al narcotráfico, por último que tenía sida. La antítesis de la imagen que casi todos teníamos de él. Una imagen que él mismo se había construido: Detallista, generoso, trabajador, buen hijo, regalón y súper colaborador con todo aquel que lo requería para lo que sea.
¿Cuál de todos los arriba mencionados era realmente Marco Antonio? ¿Será que dentro de cada uno de nosotros habitan muchos seres? Platón decía que por lo menos, tenemos a dos seres dentro: Uno telúrico y el otro sideral, uno primitivo, pegado a la materia, a los apetitos carnales y otro de naturaleza etérea, que nos orienta al bien, a los sentimientos más elevados. Otros dicen que podemos tener tantas personalidades, como personas se nos pongan en frente, intuitivamente sentimos con que clase de persona estamos y nos portamos de acuerdo a lo que pensamos que esa persona merece.
El que haya sido. Marco Antonio se esforzó por ser un buen tipo, intentó cuidar su intimidad -aunque de cuando en cuando se le pasaba la mano-, marketeaba su nombre -que era casi una marca registrada- sin descanso. Marco Antonio estaba lleno de proyectos, se fue en el momento en que crecía como la espuma, estaba a días de inaugurar una peluquería en Japón y otra en Estados Unidos. De su muerte, como de su llamativa vida, se enteró medio mundo, aunque las circunstancias de su muerte no tuvieron el glamour que a él le hubiera gustado. Estoy segura que de haber tenido tiempo, le hubiera gustado encargarse de todos los detalles de su propio funeral. Detestaba ser uno del montón.







